La abuela y el banjo

La abuela y el banjo

Julia la abuela y Pancho el zapatero

-tras media hora de alegres cadencias

de una mandolina y un banyo acompasados-

iniciaban la despedida, ella bailando

con el resuene de la tensa piel del ukelele.

Sin soltar su mandolina, Julia

con la mano izquierda

alzaba un tramo de la falda

dejando al asomo

el estimulante torneado de sus piernas.

Don Pancho ritmaba con los pies enfundados

en borceguíes sin calcetines

y con la cabeza prendida al sombrero de ala ancha,

elegante impedimento para verle los ojos.

Sus largos dedos de uñas negras

y nudos como mapas,

punteaban los latidos

que nos partían el instante

y mi abuela era acariciada

por el banyo estremecido.

Era el testigo de su entusiasmo,

no era su sombra,

acaso era un espejo con alma.

No recuerdo haberles visto un abrazo,

ni siquiera estrecharse las manos

que tanto se miraban.

Al irse Don Pancho decía:

Nos veremos de nuevo, Doña Julia.

Nos veremos, Pancho, nos veremos,

ella reiteraba.

Años después, las vecinas de la abuela

en la sala del asilo-manicomio,

nos contaron que en las vísperas de su muerte,

ella suspiraba como si fuera un valsecito.

Armonía de la mandolina con el banyo

que Julia, en sus entrañas, guarecía.

Ricardo Landa, 24 de noviembre de 2012. Imagenes: Leyla McCalla y players de banjo y mandolina.

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Un pensamiento en “La abuela y el banjo

  1. ana dice:

    como un cuento de abuela… donde se abren los ojos, se escuchan las risitas penosas y los suspiros nostálgicos

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